LUZ Y OSCURIDAD
«La oscuridad pensó que la luz cada día le estaba robando mayor terreno y entonces decidió ponerle un pleito. Así lo hizo y llegó el día fijado para el juicio. La luz llegó a la sala antes de que llegara la oscuridad. Allí estaba el juez y los respectivos abogados.
Esperaron y esperaron. La oscuridad estaba fuera de la sala, pero no se atrevió a entrar. Simplemente, no podía. Así que, pasado el tiempo, el juez falló a favor de la luz».

Anónimo

 

A través de este cuento reconocemos el temor que tenemos a enfrentarnos a nuestra propia oscuridad (miedos, defectos, demonios, vicios…). Mirar hacia aquello que no nos gusta, hacia nuestras limitaciones, puede ser un proceso incómodo y, hasta cierto punto, doloroso; sin embargo, cuántas más veces miramos y ponemos luz en nuestro interior, aquello que tememos resulta cada vez menos oscuro y tiende a desaparecer.

La única vía para realizar un cambio real y permanente que lleve al ser humano a un mayor nivel de bienestar interior es la autoobservación. Estamos muy habituados a poner nuestro foco de atención en el mundo que nos rodea. Es fácil juzgar, criticar y culpar al entorno y a los demás de nuestras emociones, reacciones, desgracias e infortunios.
Mirar hacia el interior y asumir la responsabilidad de nuestros pensamientos, emociones y actos no es tarea fácil. Decía Augusto Boal que «el inconsciente es como una olla exprés donde bullen santos, demonios, vicios y virtudes». Cada uno de nosotros alberga en su interior todas las potencialidades, estamos llenos de buenos y malos sentimientos, y en consecuencia somos capaces de tener actos tanto constructivos como destructivos, tanto con los demás como con nosotros mismos.

El ser humano, con frecuencia, confunde el conocimiento con la observación, y el autoconocimiento con la autoobservación. El error está en creer que nos conocemos a nosotros mismos y asumir que el autoconocimiento es una conquista que, una vez lograda, ya nadie nos puede arrebatar. Esta actitud con frecuencia nos conduce a una sensación de conflicto con los otros («ellos deberían de saber que yo soy así, «ellos deberían de cambiar para adaptarse a lo que yo soy») y, en consecuencia, a una sensación de frustración y malestar interno.
Sin embargo, la observación de uno mismo supone la aceptación y asunción de responsabilidad de nuestra propia dinámica interna de pensamientos (con toda la diversidad de las creencias profundas, ideas, juicios, intenciones, razonamientos…), estados emocionales y reacciones.

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